Mario Praz
El departamento es un estado de ánimo [1]
por Mario Lunetta
Presentado y traducido por Amalia Sato*


Casas maravillosas de personas excepcionales
por Amalia Sato

 

Mario Lunetta (Roma, 1934) es un crítico literario y de arte, colaborador de programas culturales de la RAI y de decenas de diarios y revistas italianas y extranjeras, además de poeta, narrador y ensayista; dueño de una ¨escritura ininterrumpida¨, al decir de Francesco Muzzioli, que atraviesa felizmente todos los géneros. En su libro-galería, Le dimore di Narciso (Las moradas de Narciso, 1997), en quince capítulos-estaciones narra la relación de ciertos individuos excepcionales con sus casas.

Aquí presentamos el capítulo dedicado a Mario Praz (1896-1982, Roma), profesor, crítico, historiador del arte, autoridad en literatura inglesa y cultura europea, a quien en 1962 la reina Isabel II nombró Caballero del Imperio Británico, y cuyo Palazzo Ricci así como su persona inspiraron a Visconti en su film “Gruppo di familia in un interno”.

 

El Palazzo Ricci en la calle Julia, donde Mario Praz vivió entre 1934 y 1969

 

Praz fue un erudito que disfrutaba como pocos creando mansiones escenario, donde el horror vacui no daba tregua a la mirada. Romantic Agony (1933)( traducido como La carne, la muerte y el diablo en la literatura romántica) y La casa della vita (La casa de la vida [2] donde su mansión de la via Giulia y sus objetos son narrados amorosamente, deben figurar entre los libros más bellos del siglo XX. Decía: “Mientras haya cuatro paredes que conserven el aroma de nuestra desvanecida Europa, será dentro de ellas donde desearemos morir”. Una añoranza que cualquiera que guarde profundas memorias de un espacio felizmente habitado  comprenderá. Traducción de un texto que conjuga a dos brillantes Mario.

 

Mario Praz. El departamento es un estado de ánimo
por Mario Lunetta 

 

El Palazzo Primoli, hoy Casa Museo Mario Praz, donde vivió hasta su muerte en 1982

 

Si tan solo hubiera sido un estudioso de la literatura y cultura inglesas habría sido, como de hecho lo fue,  uno enorme e inimitable. Pero Mario Praz fue algo más: alguien para quien su agudísima especialización no fue jaula sino soberano pretexto para hablar de otra cosa y ver otros espectáculos, mayores o menores,  de la historia marmórea o la crónica volage; capturó quimeras y unicornios invisibles a la mayoría, o saboreó manjares de la inteligencia y del gusto inevitablemente antes y mejor que sus contemporáneos. Quien lo ama como uno de los autores más grandes de nuestro siglo no solo italiano, sabe que su escritura cultísima y al mismo tiempo permeada de gran desprejuicio, modelada sobre una mezcla carnal sólida atravesada por hilos de luz sutiles, tiene la gracia sinuosa de una melodía de clavicémbalo y la brusca energía de quien no soporta nada que sea estupidez, vana presunción, pedantería o falta de estilo. Este entramado de prodigiosa sabiduría y de infalible talento sinestésico lo vuelve, para la Academia italiana de su tiempo,  tan profundamente empapada con ¨el simplismo crociano¨ para él insufrible, en alguien sustancialmente ajeno y, hasta en su amadísima ciudad, extranjero. 

Praz no es un nostálgico de la historia difunta, un puntilloso laudator temporis acti ciego ante los embrollos del presente. Fija polvo y cenizas, para obtener no una vacua elegía sino una confrontación concisa ¨sobre el trazo de la huella ardiente de los miles de caballeros del Apocalipsis, cuyo fragor parece ser el único aire perceptible en nuestro cielo teñido de sangre¨, como dice en ese libro íntimo y teatral que es La casa de la vida; y los fija, incansablemente, tal vez a través de la mirada tiresíaca de la Tierra baldía de Eliot, que tan admirablemente tradujo:

¨Yo Tiresias, aunque ciego, palpitante entre dos vidas, / Viejo con marchitos pechos de mujer, puedo ver / En la hora violeta, la hora de la noche en que uno se atormenta / Con el regreso, y que lleva a casa al marinero del mar / A la dactilógrafa a la hora del té, levantando la mesa del desayuno, encendiendo / La hornalla, y sacando las latas de comida en conserva (…) Yo Tiresias, viejo con pechos, / He observado la escena, y predicho el resto…  ¨

Aquí, en este incansable ver el pasado con los ojos del presente, mezclando el presente con la belleza y el horror del pasado, reside el secreto del Praz más inaprehensible, de su inteligencia con rasgos de extorsión benévola, de su perspicacia de lector crítico y siempre – a la vez e inseparablemente – de su saber de coleccionista. Saber que aúna competencia y amor de connoisseur, intuición de detective y seriedad de método. ¨Conocedor de todas las literaturas del mundo¨ lo definió  cierta vez Emilio Cecchi, que fue su amigo con intermitencias en el curso de su relación. Y Giovanni Macchia afirma con exactitud que de a poco ¨junto al libro, tomaba siempre mayor consistencia en su vida el amor por el objeto, sobre todo por el objeto que le aportara el misterio un poco fúnebre de la existencia cotidiana de una época inexistente, objetos amados no solo por bellos, sino por haber sido salvados milagrosamente del naufragio.

 

 

La figura del estudioso cedía mayor relieve a aquella del coleccionista, el cual se apartaba con infinita distancia en esta su pasión, que era una sola cosa con su doctrina, de casi todos los colegas que, fuera de sus bien cultivados huertos, no comprendían nada de cuadros, muebles, cristales, porcelanas, estatuas de cera y todas las formas de un estilo que él adoraba: el estilo Imperio¨. Decía Robert de Montesquieu que el departamento es un estado de ánimo, y en ese libro cargado de voluptuosidad espiritual y de éxtasis visuales y táctiles que es La filosofía de la decoración, Praz le hacía eco al afirmar que la casa es una proyección del Yo.


 

El estilo Imperio, que en los años de juventud de nuestro escritor se consideraba algo inferior despreciado por anticuarios y coleccionistas, fue para él una iluminación fulminante, un verdadero coup de foudre.  Además del homenaje mayor que le tributa en una obra magistral como Gusto neoclásico (1939), en la que declara: ¨Es un período que aprecio tanto que no lo puedo juzgar:  mientras que la mayoría lo juzga con ligereza, sin siquiera animarse a experimentarlo¨;  son testimonio de la impertérrita persistencia de esta llama todos sus libros, desde La casa de la vida ante todo, a Jardín de los sentidos, del Pacto con la serpiente a Voz tras la escena, que es una incomparable ¨antología personal¨, y  Los rostros del tiempo así como los capítulos y ensayos, editoriales e incontables artículos, en los que al final, al igual que Mallarmé que estaba convencido de que el mundo existía para convertirse en libro, para Praz todos los estilos existen solo para ¨precipitarse¨ en el gusto neoclásico y el estilo Imperio. Dotado de un humour que sería banal definir como británico, y de un amor por la paradoja que no se preocupaba por provocar el aplauso, este hombre que no era para nada un personaje ornamental, este gran intelectual-artista para nada llamativo, ocultaba en lo profundo un soberbio sentido de la propia dignidad de citoyen, y se permitía decir, desdeñosamente, que nuestra época ¨calificaría de increíble o heroica a una persona que solo cumple con su deber¨ (La casa de la vida). Su vanidad, si es que la tenía, el coleccionista Praz la desarrollaba por completo en la belleza y rareza de los objetos que amaba, y entre los cuales le complacía vivir. ¨Apasionado como soy por la decoración, tengo poca simpatía por las decoraciones oficiales, espectaculares, en las que las proporciones de los objetos se esfuerzan con ingenua elefantiasis por dar sentido a la importancia de los propietarios de las casas¨. 

 

Su leyenda se construye sobre el Buen Gusto y la inteligencia policéntrica con que, como formidable erudito y estilista finísimo, ha renovado en nuestro siglo XX la figura del ensayista a la Lamb o a la De Quincey, sin olvidar el ejercicio sin tregua de la mirada y la cabeza ante el caleidoscopio de todos los escenarios del mundo, en consonancia con el amadísimo Montaigne. Y no creo que sea temerario, ardor ideológico aparte, ver en el autor de La muerte, la carne y el diablo en la literatura romántica, en el coleccionista de estatuas de cera, en el ¨anticuario¨ sui generis, en el recolector maníaco de camafeos, siluetas y casas de muñeca, daguerrotipos y autómatas,  a uno que por tantas composiciones se aproxima al Walter Benjamin enamorado de las pequeñas excentricidades del bric-a-brac, de las muñecas de materiales pobres, las antiguallas encontradas en los mercados de pulgas, y sobre todo – tal como nuestro escritor – de las citas: al grado de imaginar un libro compuesto exclusivamente con citas.  Espléndido sueño visionario. Escrúpulo paradójico y, en el fondo, catastrófico. Anulación del autor. La insostenible constipación  del  mundo exorcizada homeopáticamente con sus propias materias desmesuradas, desparramadas sobre la página sin solución de continuidad. Para Praz el mundo era, al final, una secuencia de infiernos. Y la casa puede volverse, como dice, un ¨paraíso artificial¨.

 

 

¨La vida de un hombre ¿qué es, confrontada con la de sus mudos compañeros: sus muebles, todos los objetos que fiel y silenciosamente lo acompañan a él y  a su familia, por generaciones? El hombre pasa y el mueble queda: queda para recordar, testimoniar, evocar al que ya no existe, develar tal vez algunos secretos celosamente guardados que su rostro, su mirada, su voz escondían tenazmente¨. Esto se lee en Souvenirs de Savinio. Y Praz coincide, cuando en La casa de la vida declara: ¨mi intención como coleccionista ha sido, como consignaron bajo una foto de Joyce, ´escribir el misterio de uno con el mobiliario´¨.

 

La del gran ensayista es, más que una ¨filosofía¨, una épica de la decoración dividida en dos etapas: la del Palazzo Ricci en la calle Giulia (1934-1969) y la del Palazzo Primoli, en el cual vivió hasta 1982, año de su muerte. En estos lugares a su modo mágicos, en estos domésticos ¨paraísos artificiales¨, con el contacto cotidiano cargado de gula y en las páginas de sus libros, el erudito singularísimo que es Mario Praz ha dado vida a sus muebles y objetos llenos de misterio alquímico: operación que no podía realizar si no él: ¨un erudito – como dice Arbasino – que es también escritor: archivista-catalogador entregado no a las modas sino al Gusto, no a la  pedantería y la pesadez y la moralina superficial del literato italiano ´convencional´, sino al fascinante capricho, a la excentricidad encantadora …¨ (1967). Unos años antes, con gran precisión, Edmund Wilson comentaba: ¨Clasificar a M.P como crítico literario y especialista en cultura inglesa es un gran malentendido sobre su papel. Se lo debería considerar ante todo como artista, y ni siquiera como artista literario, pues los resultados de su actividad como coleccionista de muebles, cuadros y objets d´ art son parte de una obra tan valiosa como sus libros. Es un artista y una personalidad única que se expresa a través de su propio arte conectándose con cualquiera sea el asunto que trate…¨.      

Y es así que en la obra del escritor, sus casas-museo resplandecen de protagonismo efervescente e inquietante como los más extraordinarios de sus libros. Invitan a decir, parafraseando a la inversa el aforismo de Wilde, cómo Praz ha puesto el propio genio en las obras y el talento en la decoración.

El estudioso considera con la misma pasión competente un soneto de Shakespeare y un cuadro de Marguerite Gérard, un poema de Keats y una espléndida biblioteca Regency en madera de rosa,  una consola  o un reloj con una miniatura de Byron y un pasaje de Addison, un mueble para libros proveniente de Capponcina, una cera policroma del siglo dieciocho, un retrato de Ugo Foscolo de Fabre y un fragmento de Tennyson, un trofeo de armas, un protector de brasas de chimenea decorado, un tintero Restauración, un perfil de Murat en plata, una acuarela, una escultura, un pianoforte Érard, una terracota, un escritorio, un portamaceta, una vitrina napolitana con porcelanas y una cita de Ruskin:  evocando de cada uno de los incontables ¨fragmentos¨ que animan sus moradas y que les dan esa encantadora ambigüedad ¨protegida¨, como de teatros fuera del tiempo, historias, giros, yuxtaposiciones peregrinas, iluminando génesis y pases de mano, concediéndoles una dignidad histórico-estética, antropológica y de hábito, que solo una pluma de límpida energía como la suya podía lograr. La fascinación de las casas de Praz remite constantemente a sus libros, y viceversa: en un juego de espejos ininterrumpido, con un efecto de trompe l´oeil dramático-narrativo, erótico-funerario, sarcástico-paradójico. Un efecto de prestidigitador: del maestro de trucos consumado que, en el fondo de todas sus estupendas extravagancias, conserva siempre en lo profundo el sentido de la muerte dentro de la vida, y de la verdad posible dentro de la muerte.

 

 

Hoy, al fin, la casa de Praz en Palazzo Primoli en Roma se ha convertido en museo bajo la tutela de la Superintendencia de la Galería Nacional de Arte Moderno. Todos pueden disfrutarla, seguramente mejor después de haber leído con amorosa dedicación esa guía mediúmnica que es La casa de la vida, recientemente republicada por Adelphi. Obtendrán una experiencia inolvidable, una cantidad de estímulos, un placer del texto y del contexto de especie superior. A dos pasos, recuerda Praz, se hospedó Montaigne cuando fue a Roma, hacia fines de 1580: exactamente en el Albergue del Oso. Y en los alrededores de la iglesia de Santa Lucía della Tinta habitó por algún tiempo James Joyce en 1906, que no logró enamorarse de la Ciudad Eterna.

 

Iglesia Santa Lucia della Tinta

 

 ¨ Y si el Palazzo Ricci se identificaba con la casa donde Henry James hizo vivir al desgraciado matrimonio Osmond en Retrato de una dama – escribe Praz -, en esta mi nueva morada desde la ventana de un corredor que toma en toda su extensión la Callejuela de los Soldados, veo al fondo de la graciosa curva de la callecita la Torre de la Mona, con la Madonna en el tabernáculo con forma de almendra, donde Nathaniel Hawthorne hizo habitar a Hilda la Paloma, la falsificadora de cuadros del Fauno de Mármol¨.  La terraza cubre por completo el techo de este edificio napoleónico; y el escritor se demora, en un crescendo de éxtasis sensual, con la mirada de un paisajista experto en las maravillas que logra abarcar: ¨Al subir se tiene una de las tantas bellas vistas de Roma desde lo alto de una terraza. Hay tantas y ya hablé en otra ocasión. Esta de Palazzo Primoli es vasta, y hacia el norte y el este muestra la curva del Tevere,

 

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las casas del Pasaje de Ripetta, las robustas cúpulas de la iglesia de la Plaza del Popolo a la entrada de la avenida, Santa Maria de los Milagros y Santa Maria en Montesanto, los campanarios de la iglesia griega de San Atanasio en Calle del Babuino, la cúpula de San Carlo en la Avenida, y más allá, la hilera de los jardines, Villa Borghese y el Pincio, el Casino Valadier, Villa Medici, Trinità dei Monti, y el mirador del Quirinale, el reloj de Montecitorio, la cúpula de Sant´Antonio de los Portugueses (en la época de Montaigne se hablaba de matrimonios entre varones portugueses); y al sur el imponente grupo de cúpulas de San Carlo a´ Catinari, de Sant´Andrea della Valle, de Sant´Agnese, la espiral de Sant´ Ivo, la galería del Palazzo Altemps coronada por el macho cabrío heráldico. Y la vista hacia el oeste, que encuadra San Pedro y Castel Sant´Angelo, decae en un primer plano con esa ¨joya de iglesia gótica¨, como la llamaba un americano que deploraba que no estuviera incluida en la guía, que es la iglesia del Sacro Cuore del Suffragio (en la sacristía se conservan telas chamuscadas de las almas del Purgatorio), con la Casa Madre de los Mutilados y con el Palazzo de Justicia que, enorme desde aquí arriba, pareciera proclamar: ¨Vean con cuántas piedras estoy construido¨, pero resulta tolerable desde las ventanas de mi departamento solo por evocar, al menos para mí, la Avenue de l´Opéra¨.

 

Iglesia del Sacro Cuore del Suffragio

 Casa Madre dei Mutilati e Invalidi di Guerra


Palazzo di Giustizia - Corte di Cassazione

 

Un "exterior" cumplido por el gesto de un escenógrafo excepcional, grandioso, así como minuciosos de maravilla son tantos ¨interiores¨, en vivo o en la página, armados por ese mago que es Praz. ¨Inteligencia imperfecta – decía de sí el escritor – Talento más intuitivo que sistemático¨. Personalmente, tiendo a creer que bromeaba: con la misma ligereza plena de ironía y juego, por ejemplo, que expresa la araña en forma de globo aerostático de su sala comedor, allí, en el encanto de Palazzo Primoli.

 


 

*Amalia Sato (1952) Profesora en Letras, editora de la revista tokonoma desde 1994. Tradujo a Haroldo de Campos, Jorge Amado, Clarice Lispector, Vilma Areas, Julia Lopes de Almeida, a Kawabata, Sei Shonagon, Soseki, Ogai entre tantos otros. Guiada por las lenguas sostiene sus ilusiones culturales desde Brasil, Japón, y en estos últimos años el Bel Paese, Italia. En su lista de viajera estaba la casa Museo de Praz. Aquí un homenaje.

Agradecemos a Amalia Sato por su cordial permiso para publicar esta traducción suya al español del texto de Lunetta, originalmente aparecido en Damiselas.

Notas:
[1]  De Le dimore di Narciso, por Mario Lunetta, Colezione Centominuti, RAI, ERI, 1997, Roma.
[2] De los libros de Mario Praz citados en este artículo, existen ediciones en español de las que damos aquí solo los datos de las   únicas o de las más recientes:
- La carne, la muerte y el diablo en la literatura romántica. publicado por Acantilado, Barcelona, 2019
- La casa de la vida. De Bolsillo, Barcelona, 2021
- Gusto neoclásico. Gustavo Gili, Barcelona, 1982
- El pacto con la serpiente. Acantilado, Barcelona, 2018

 

 

 

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