La Ciudad Joyceana
Mientras Dublín dormía
por Daniel Merro y Hugo Savino

 

El libro que tendrán en sus manos ha de ser un reloj. Este reloj marca las últimas horas del 16 de junio de 1904. Daniel Merro y Hugo Savino se concentran en revisar topográfica y simbólicamente el final del recorrido de Stephen y Leopold, su porción nocturna, que es además el horario en que los dos personajes finalmente se encuentran, en el final de su viaje de regreso a casa, que emprenderán juntos. Es importante que sea de noche, esa parte de la jornada donde la previsibilidad de la rutina se disuelve en el misterio del acontecimiento. Bienvenidos entonces a la noche urbana, a la ciudad que se desnuda bajo la combinación pálida del alumbrado público y el engañoso brillo de la luna.

 

Dublín, ciudad de la conversación

Dublín es una fantasmagoría. La de Joyce. Evocada o reconstruida desde el continente, otra fantasmagoría. Con una geografía urbana que se opone, que contesta con una línea confín, una ranura que la cruza de este a oeste: el río Liffey. Esa cicatriz con puntadas visibles como puentes separa norte-pobre y sur-rico, al revés de 19 otras ciudades como Madrid, Buenos Aires o Córdoba; divide el norte de maquinistas, talleres de carruajes y hojalateros, y el sur de distinguidas casas georgianas y nacionalistas burgueses que desconfían de aquellos otros, con la excepción de las prostitutas de la calle Coombe que están al sur, pero esperan a los del norte.

 

 

 

Este mapa parece dividido en dos caras, pero no hay que engañarse: uno empieza a descifrarlo y se vuelve poroso. Entra en movimiento. Deja su apariencia de signos y señales y se abre como un Éxodo —y éxodo se dice Los nombres—. Así empieza Ulises, bíblico, nombrando a los hijos de Dublín. Los viejos mapas son puertas de entrada y de salida, tienen residuos, trazas, marcas, quemaduras de cigarrillos, manchas de café, polillas clochardizadas pegadas en algún lugar, recorridos desaparecidos, otros que están intactos.

 

 Los nombres

 

Dublín es el territorio donde todavía se conversa, un tesoro de voces oídas desde Ulises. En esta travesía no hay que olvidar la palabra inventario, hay que seguir hasta hacerla frase. No realista. James Joyce es un no realista porque nunca buscó alcanzar el fundamento de los fe-nómenos y tampoco se perdió en juicios acerca de los niveles de la realidad. Esa pedantería del saber. Joyce se negó a la prédica de la esencia, solo les reconoció existencia a los individuos. En el camino les fue poniendo nombres a los seres y las cosas.

 

 La taberna Signal House

 

Los días siguientes y grises

Dos que vienen o van al pub o vuelven o están en camino directo a algún burdel clandestino en el Liberties; dos hombres banales, que no quieren volver a casa, se encuentran en la calle, en distintas veredas. Buscan un poco de alivio en la conversación irlandesa, uno de los días siguientes a la noche del 16.

Un vendedor de anuncios de periódico que no emigrará al continente y que dijo: “La tierra no tiene fin porque es redonda”. Y un poeta que todavía no escribió su poema. Y que lleva este lema en el bolsillo: “Quiero intentar expresarme a mí mismo por medio de un modo de vida o arte tan libremente como me sea dado y tan plenamente como esté a mi alcance, usando para mi defensa las únicas armas que yo mismo me permita: silencio, exilio y astucia”. Que posiblemente emigrará al continente. Los dos salieron de un huevo irlandés. Y se sienten expulsados. La ciudad, a veces, se come a sus hijos más refractarios. Y ellos son dos errantes en el viento de la vida.

Seguirán deambulando por estas calles, construyendo relatos que los incluyen como lúcidos observadores de la historia reciente para orientarse en la ciudad, trazando nuevos mapas personales, dejando marcas invisibles en los adoquines que les permitan reconocer puntos dispersos de tiempo y espacio fracturados. Caminarán juntos, muchas veces en silencio como una llamada de atención, como un castigo, un discurso de denuncia a lenguaraces en secreto y embusteros en voz alta.

 

 
El inicio del camino 

 

La ciudad joyceana: espejo de la memoria. Espacio de muchedumbre, de anonimato, de alcahuetería, de chimentos, de rincones secretos y clandestinos, de transmisiones y diálogos de voces pausadas, o monólogos locos, y trampa de pasiones, inciertas y reales. Irán por esas mismas calles y por veredas distintas. Habrá carga de pasado en cada uno. Y cada uno a su manera será más lector del fluir del decir que de lo dicho. Cada uno llevará el peso de un desacomodo con la vida social y con la convención. De desacomodo a ningún reacomodo. Ejercicio espiritual del no pertenecer. La deriva del caminar como única guía de la ciudad.

La torre del fondo puede ser Saint George o Saint Francis Xavier o cualquier otra iglesia anglicana o católica que siempre estará en su horizonte lejano, pero casi nunca en sus visitas cercanas. Los barriles de cerveza en las aceras estrechas que les obligarán a bajarse de la acera enfadados, los carteles de los pubs clandestinos y la bomba de agua pública del otro lado, pequeño panel ovalado que dice FW Bracket & Co. Ltd., ing. Colchester, emulsión de ingeniero sobre esencia inglesa, fragancia agria.

Son personajes oscuros en caminos paralelos, en la luz gris de un Dublín que seguirá siendo gris por muchos años, iglesias grises y oscuros curas con sus locuras. Una ciudad donde solo los cuervos, los curas y el carbón inglés son negros. Podrán pasearse en coche de caballos o en los nuevos tranvías eléctricos de tracción sin sangre, pero no será lo mismo, la ciudad seguirá siendo de las caras frente a las caras y las botas sobre los adoquines.

 

 

Los días siguientes y grises

 

Ladrillos rojos, pardos y casi negros del hollín de turba en las paredes que los verán pasar, muros construidos con diferentes bloques, aparejados en formas variables: flamenco, inglés en cruz o a la española. Lo intimísimo de cada uno seguirá saliendo, se dialogarán en las preguntas que se harán en un caminar conversado. Los dos saben que habrá una cantilación del lenguaje. Los dos la buscarán y la ejercerán. Tendrán el arte de autoencantarse en su cabeza.

Serán dos hápax, dos palabras que se encontrarán solo una vez en la literatura, en esta ciudad de Dublín, que aún dormía.

 

Daniel Merro
Qué buena suerte la mía: nacer en Concordia, estudiar Arquitectura en Córdoba, vivir en Madrid, ser profesor en Alcalá de Henares y descubrir, más temprano que tarde, el secreto de Dublín. El espíritu de sus calles y su gente han sido estimulantes para caminar, escribir y dibujar.

En esta etapa del viaje, estoy tan contento por lo que no tengo –prisas, automóvil o miedo a fracasar– como por todos los caminos que me falta recorrer.

Hugo Savino
Nací en Barracas y vivo en Madrid. Entre otros libros, publiqué La mañana sol de limón y Salto de mata. Traduje a Balzac, a Alfred Jarry y a Henri Meschonnic. 

En mi politeísmo, James Joyce es un dios siempre en movimiento.

 

La Paragráfica agradece a la editorial Fruto de Dragón, a la editora Agustina Merro, y a los dos autores por su permiso para publicar estos textos del libro Mientreas Dublín dormía, que ya se encuentra disponible en nuestra librería, para el retiro o el envío, y cuesta 1.150 $. Tiene 124 páginas y 40 ilustraciones.

 

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